El problema de la privacidad en la era del Internet de las cosas

La tendencia es clara: cada vez más dispositivos pasarán a ser parte del Internet de las cosas. Las luces del hogar, la alarma, el auto, la cocina. Los objetos que no habían recibido innovaciones que modifiquen por completo su panorama durante décadas ahora pasarán a incluir conectividad con las redes y ser una pieza más del Internet de las cosas: el espacio donde todos estos dispositivos se comunican para “simplificar” nuestra vida. Personalmente, le doy la bienvenida a esta innovación. Son campos donde no estabamos acostumbrados a recibirla, es necesaria y muy aprovechable. Pero existe una incógnita: ¿será posible mantener la privacidad en esta era?
Se espera que para el 2020 el negocio del Internet de las cosas implique tanto dinero como 8900 mil millones de dólares. El negocio está porque los consumidores lo demandan, y las empresas saben aprovechar esto. Cada vez vemos más objetos con conectividad. Sin embargo, una cuestión pasó desapercibida hasta una noticia reciente sobre está industria: Google comprando Nest. No es el propósito de este artículo responder lo que parece hoy la pregunta del millón del mundo de la tecnología: ¿por qué Google compró Nest? Sino, aprovechar la atención que recibió la privacidad de los datos de los usuarios en los dispositivos del Internet de las cosas debido a esta noticia (importante aclarar, Nest aseguró que no cederá ningún dato a Google. Está en cada uno creer en las declaraciones oficiales luego de lo que se desveló con PRISM.)
¿Son seguros los dispositivos actuales?

¿Son los dispositivos que hoy forman parte del Internet de las cosas seguros? No. Bruce Schneier se encarga de recopilar en la revista de tecnología Wired varios datos que confirman este estado actual de la seguridad de nuestros datos:
Como parte de una investigación, se intentaron hackear 30 routers. Solo la mitad de estos no pudo ser vulnerada.
A los fabricantes no les interesa la seguridad, sino abaratar los costos lo máximo posible, por lo que no invierten en ingeniería para asegurar los datos.
El software utilizado es viejo, aunque los dispositivos sean nuevos.
Actualizar su software es muy complicado y no significa ventajas para las compañías.

¿Quién recopila nuestros datos?
Supongamos que el problema de las vulnerabilidades externas no existe. Igualmente, ¿quién tiene nuestros datos? Si la característica diferencial del Internet de las cosas es, justamente, su conectividad a Internet, los fabricantes del producto pueden recopilar información a su antojo sobre nuestros hábitos, para utilizarla con el objetivo de aprender más de sus consumidores o para venderla a empresas de publicidad interesadas en conocer más de nuestro rutina para segmentar mejor los anuncios.
Hace unos meses se ha difundido la noticia de los Smart TVs de LG que recopilaban información sobre los canales que estaban mirando sus usuarios. Esta información es sumamente valiosa para el negocio de la publicidad. En los debates sobre la privacidad en la web hay una afirmación recurrente: “si es gratis, tu eres el producto”. En el caso del televisor inteligente de LG, y otros dispositivos parte del Internet de las cosas no estamos hablando de servicios gratuitos si no de objetos por lo que estamos pagando y deberíamos ser respetados como consumidores.

Más para recopilar, más para vender
También están las declaraciones de un ejecutivo de Ford sobre la recopilación de información sobre los autos con conectividad de la compañía. Aunque fue luego desmentida, sirve como ejemplo del panorama del futuro: pueden saber hasta a que velocidad están manejando, por dónde y si estacionaste el vehículo.
Con el riesgo de que me tilden de paranoico, esta cuestión se hace mucho más grave luego del conocimiento que tenemos sobre el gobierno de Estados Unidos teniendo acceso a la información de usuarios de las más grandes compañías del mundo de la tecnología sin necesidad de ningún permiso judicial.

Una mirada al futuro
La protección de los datos personales en el Internet de las cosas no tiene un pronóstico favorable. Es cada vez más complicado para los entes gubernamentales controlar si estos dispositivos cumplen o no con sus políticas de privacidad. Además, es necesario que una ley sea aprobada, y la gestión pública no es conocida en ningún lugar del mundo por su rápida reacción a temas como estos.
Personalmente creo que es clave el rol de los usuarios, que tiene potencialidad para forzar cambios y presionar. Sin embargo, sigue siendo complicado. La realidad es que los que suelen compromenterse con causas así suelen ser la minoría de los usuarios, que aunque expresan sus quejas, terminan consumiendo los productos y el mercado interpreta esa señal claramente: no es necesario modificar nada. Parece que la ilusión no podrá ser más que una ilusión en la era de Internet.

Vía gizmología

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